domingo, 17 de noviembre de 2019

Joan Margarit
El Premio Cervantes de 2019 ha sido para un poeta que reivindica la escritura en su propia lengua y no abandona el español al mismo tiempo, ya que traduce sus propios poemas. Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938) es uno de los poetas más importantes de nuestro tiempo, dueño de una voz propia y símbolo del entendimiento posible entre las dos culturas, catalana y española. Escribe con realismo de aquellos sentimientos que experimenta: la pérdida, el duelo, la vejez, la poesía como refugio ante la incertidumbre. Nuestro poema de la semana de su libro No era lluny ni difícil es un homenaje a un gran poeta. La ilustración que lo acompaña es del diario El español.

NO ERA LLUNY NI DIFÍCIL

Ha arribat aquest temps
que la vida perduda no fa mal,
que la luxúria és un llum inútil
i l’enveja s’oblida. És un temps
de pèrdues prudents i necessàries,
no és un temps d’arribar, sinó d’anar-se’n.
És ara quan l’amor
coincideix a la fi amb la intel·ligència.
No era lluny ni difícil.
És un temps que només em deixa l’horitzó
com a mesura de la soledat.
El temps de la tristesa protectora.

 

 

 

NO ESTABA LEJOS, NO ERA DIFÍCIL

Ha llegado este tiempo
cuando ya no hace daño la vida que se pierde,
cuando ya la lujuria es tan sólo
una lámpara inútil, y la envidia se olvida.
Es un tiempo de pérdidas prudentes, necesarias,
y no es un tiempo de llegar
sino de irse. El amor, ahora,
por fin coincide con la inteligencia.
No estaba lejos,
no era difícil. Es un tiempo
que no me deja más que el horizonte
como medida de la soledad.
Un tiempo de tristeza protectora.
 
 

 

domingo, 10 de noviembre de 2019

Yannis Ritsos
La tradición clásica nos ayuda a rememorar a los poetas antiguos, pero también a cuestionar los mitos. Eso es lo que hace en nuestro poema de la semana el poeta griego Yannis Ritsos (1909-1990). Poeta, ensayista y político perteneció a la generación de poetas de 1930 al igual que Seferis o Elytis, similar a nuestra generación del 27. Quiero agradecer a Javier Sánchez su labor en su blog (https://paulatinygriego.wordpress.com/) que nos descubre joyas como esta que nos ayudan a entender mejor a los clásicos.

                          Η απόγνωση της Πηνελόπης

Δεν ήτανε πως δεν τον γνώρισε στο φως της παραστιάς· δεν ήταν
τα κουρέλια του επαίτη, η μεταμφίεση, — όχι· καθαρά σημάδια:
η ουλή στο γόνατό του, η ρώμη, η πονηριά στο μάτι. Τρομαγμένη,
ακουμπώντας τη ράχη της στον τοίχο, μια δικαιολογία ζητούσε,
μια προθεσμία ακόμη λίγου χρόνου, να μην απαντήσει,
να μην προδοθεί. Γι’ αυτόν, λοιπόν, είχε ξοδέψει είκοσι χρόνια,
είκοσι χρόνια αναμονής και ονείρων, για τούτον τον άθλιο,
τον αιματόβρεχτο ασπρογένη; Ρίχτηκε άφωνη σε μια καρέκλα,
κοίταξε αργά τους σκοτωμένους μνηστήρες στο πάτωμα, σα να κοιτούσε
νεκρές τις ίδιες της επιθυμίες. Και: «καλωσόρισες», του είπε,
ακούγοντας ξένη, μακρινή, τη φωνή της. Στη γωνιά, ο αργαλειός της
γέμιζε το ταβάνι με καγκελωτές σκιές· κι όσα πουλιά είχε υφάνει
με κόκκινες λαμπρές κλωστές σε πράσινα φυλλώματα, αίφνης,
τούτη τη νύχτα της επιστροφής, γύρισαν στο σταχτί και μαύρο
χαμοπετώντας στον επίπεδο ουρανό της τελευταίας καρτερίας

 

                           La desesperación de Penélope

No era que no le hubiera conocido a la luz del hogar, no eran
los andrajos de pordiosero, el disfraz, -no, había señales claras:
la cicatriz en la rodilla, el vigor, la mirada astuta-. Asustada,
apoyando la espalda en la pared, buscaba una justificación,
un pequeño plazo de tiempo, para no contestar,
no traicionarse. ¿O sea, que para ése había gastado veinte años,
veinte años de espera y de sueños, para ese desgraciado,
el barbicano empapado en sangre? Se arrojó sin voz en una silla,
miró despacio a los pretendientes muertos en el suelo, como si viera
muertos sus propios deseos. Y “bienvenido” dijo,
notando extraña, lejana, su propia voz. En el rincón del telar
llenaba el techo con un enrejado de sombras; y cuantos pájaros había tejido
con hilos rojos y luminosos sobre follajes verdes de repente,
aquella noche del regreso se tornaron gris ceniza y negros,
volando bajo en el cielo plano de su aguante último.
                                                      Traducción de Román Bermejo
 
 
 
 

domingo, 3 de noviembre de 2019

Pilar Pallarés
La semana pasada recibió el Premio Nacional de Poesía 2019 la poeta gallega Pilar Pallarés. Nacida en Culleredo en 1957 ejerce como profesora de literatura gallega. La obra premiada, Tempo fósil, nace de los sentimientos que le provocó la destrucción de la casa de su familia para ampliar el aeropuerto de A Coruña. Nuestro poema de la semana sirve de homenaje a una poeta que en una de las múltiples entrevistas concedidas estos días destaca su admiración por la energía de los adolescentes para emprender los cambios que necesita la sociedad.

            Hay una ciudad que me espera en el sur

Hay una ciudad que me espera en el sur
y es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes


(necesito emborracharme
cerrar todas las ventanas que dan a esta tarde
necesito saber la cantidad exacta de desesperación que anida en
esta hora)


en el sur sé que hay una ciudad que me espera
es extraño nunca he vivido allí la tristeza de noviembre
no sé cómo será el rumor de los magnolios golpeados por la lluvia
cuando noviembre invada las avenidas
y sobrevivan las cúpulas solitarias sencillamente solas
bajo un cielo de invierno sin pájaros


no sé qué vibración de muerte se esparcerá sobre el río

en el sur

no sé si tus pasos sonaron alguna vez en las losas de la ciudad
(es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes)
tendré que enseñar a sus habitantes
el perfil asombrado de tu rostro
tendré que asesinar sus tardes de tranvías y río
con la furia que he aprendido de tu mirada


pero en el sur

qué extraño será atravesar parques y plazas
masticar el viento enervado de noviembre
descender a los muelles
sabiendo que siempre hay una ciudad que me espera
y que no tiene tu nombre grabado en las paredes.


 

lunes, 28 de octubre de 2019

Adam Zagajewski
Esta semana que terminará con la festividad de Todos los santos queremos recordar a todos aquellos que nos dejaron con este delicado poema del poeta polaco Adam Zagajewski. En memoria de dos de sus amigos desaparecidos les hace un sentido homenaje desde la alegría de haber disfrutado de su compañía y la tristeza que evoca su pérdida: vivir es perder.

Una mañana en Vicenza

                                        (En memoria de Josif Brodski y Krzysztof Kieslowski)

El sol era tan tierno, tan delicado,
que hasta temíamos por él; un ademán incauto
podía rayarlo, incluso un grito -si alguien hubiera
querido gritar- lo habría puesto en peligro; tan sólo a las veloces golondrinas
de alas duras, como de hierro fundido,
se les permitía silbar en alta voz, porque vivieron
     su infancia
breve, en la inquietud de sus nidos de barro,
junto a sus hermanos, pequeños planetas locos,
negros como bayas silvestres.

En un pequeño café un mozo soñoliento -bajo sus ojos
las últimas sombras de la noche acumuladas- buscaba calderilla
en su bolsillo sin fondo, y el café olía a solemnidad
de tinta de impresión, a dulzura y a Arabia. El azul del cielo prometía
una larga tarde, un infinito día.
Te estaba mirando como si te viera por primera vez.
Y hasta las columnas de Palladio tenían aspecto
de recién nacidas, de recién surgidas de las olas del alba
como Venus, tu compañera mayor.

Empezar de nuevo, contar las pérdidas, contar a los caídos,
empezar el nuevo día, aunque ya no estéis, tú,
a quien dos veces enterramos y lloramos dos veces,
-viviste una vida dos veces más intensa que otros, en dos continentes,
dos idiomas, en la realidad y en la imaginación- y tú, de cara afilada
y una mirada que hacía crecer los objetos y los corazones
     (siempre demasiado pequeños).
No estáis, y por eso llevaremos a partir de ahora una doble vida,
en la luz y en la sombra a la vez, en el sol estridente del día,
en la frescura de los pasillos de piedra, en el duelo, en la alegría.

 

                                                        Versión de Elzbieta Bortkiewicz

lunes, 21 de octubre de 2019

Siri Hustvedt
Cuando recibió el pasado viernes el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019, Siri Hustvedt pronunció un maravilloso discurso en el que aboga por un aprendizaje continuo en el que las preguntas sean la guía y no se excluyan las distintas disciplinas unas a otras. También tuvo un marcado carácter feminista, animando a las niñas a ser partícipes de ese espíritu de superación de los límites marcados.
Aunque su obra poética es escasa, solo el libro de poemas en prosa Reading for you, queremos rendirle con nuestro poema de la semana un merecido homenaje.


En el cielo la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas dentro de sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntamelo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años. No te lo dije. Era lo que quería decir. Recuerdo fragmentos de historias de este libro de mi niñez, el resto está vacío. Los cisnes que se van volando. La hermana que cose flores en las camisas. El hermano menor con un ala, un ala de cisne blanco que sobresale por la camisa inacabada, las plumas tiernas, el flojel, la esposa malvada por siempre encerrada para que nadie pueda ver su cara nunca, entonces, ahora, al pasar el tiempo, junta y separada, joven y madura, enferma y matándose con la bebida en casa. Él guarda silencio. Ahora recuerdo lo que había olvidado. He olvidado pero cómo es posible que recuerde que olvido. Los entierros son casi siempre afuera, ponen a los muertos lejos de nosotros, fuera de la casa. Son omisiones, espacios en blanco en el paisaje, señalados e inscritos y llevados dentro como si estuvieran vivos. En el vacío, en el día vacío, hay cosas que se van y que vuelven sólo cuando podemos soportar el recuerdo. La cruz del santuario está vacía sobre el mantel violeta de la Cuaresma, la historia después de la muerte, después de morir, después de morir en la muerte, los que se mueren y los muertos, muertos, muertos.
 
 

 

 

 

 

 

domingo, 13 de octubre de 2019

Aurora Luque
En la XXXII edición del Premio Loewe de poesía ha sido premiada la poeta Aurora Luque a la que me une una amistad de muchos años, desde que compartíamos aula en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Me alegra infinitamente que su obra, que ya ha recibido numerosos galardones, se vea recompensada con uno de los premios más importantes de la poesía española. Su poesía nace de la tradición clásica, pero también la actualiza e incorpora elementos contemporáneos. Como destacó Juan Antonio González Iglesias en la presentación del premio en su obra hay "un aliento humanista" que trata de " la condición de la mujer y por ello de la condición humana, de todos nosotros. Figuras de mujer que arrancan en la antigüedad grecorromana y llegan hasta la cultura urbana, la posmoderna, la pop".
Nuestro poema de la semana perteneciente al libro premiado, Gavieras,  que publicará la editorial Visor fue leído por la autora en la presentación del premio. Nuestra más sincera enhorabuena.



        HABLO A SAFO

Ven en mi ayuda, Safo,
¿me traes unas alas? Dos juegos:
Unas para mi espalda
-¿Se clavan? ¿Me harán daño?-
y unas leves de abeja
para cada palabra.
Trae miel de la tuya, de la amarga.
Esas cosas antiguas
-miel, sandalias, frescor,
las alfombras marinas de la luna
que esconden a la muerte deseante,
aletazos violentos que ponen a saltar,
como pez en la arena, al corazón,
una ambición de voluptuosidades.
Paladear recuerdos
o lamer una piel que ha regresado
de gozar la negrura de las olas,
miel recién fabricada,
hierbas para acostarse a mediodía,
rosas sin hibridar.
No nos son tan ajenos tus objetos.
Sólo hay que detenerse.
Pedírtelos.
Apartar tanto ruido.
Pues nos falta muy poco
para estar muertas.
Tráeme, Safo, alas,
alas, alas, frescor,
silencio, brazos,
alas.

domingo, 6 de octubre de 2019


Rafael Juárez, in memoriam

Me llega por boca de una amiga la triste noticia de la muerte del poeta Rafael Juárez a finales de septiembre. Y vuelven a mi memoria aquellos primeros ochenta en los que una estudiante de clásicas encontraba siempre en la librería Al-Ándalus, que él había fundado junto con Pepe Martín Vayas, todos los libros que necesitaba y algunos más. Además de librero fue editor y director de la Fundación Francisco Ayala. Pero sobre todo fue un hombre discreto que renunció a honores que tenía más que merecidos y amigo de sus amigos. Uno de ellos, Andrés Soria, recordaba ayer en los obituarios de El país la singularidad de sus recitales de poesía, de memoria,  con toda la intensidad que poseen aquellos que tienen aura.

De su libro La herida reproducimos aquí como humilde homenaje  uno de sus sonetos de corte clásico.
 

Abrir los ojos para ver la nada.

Cerrar la mano para asir vacío.

Buscar un cuerpo y alcanzar un río.

Encender luces en la madrugada.

 

Olvidar una historia no iniciada.

Recordar el color del extravío.

Idear un deseo puro y frío.

Soñar otra mañana, otra mirada.

 

Hablar con quien nos oye si callamos.

Abrir los ojos para vernos mudos.

Sentir la ausencia que nos deja vivos.

 

Andar, aunque es de noche, y no sepamos.

Vestirnos con la luz de los desnudos.

Vivir eternamente fugitivos.