domingo, 10 de diciembre de 2017

Vicente Aleixandre
Esta semana nos sumamos a la conmemoración de los 40 años del premio Nobel de literatura que recibió el poeta de la generación del 27. Este premio supuso el fin del aislamiento cultural de España tras la guerra civil. Al mismo tiempo se premiaba a uno de los poetas que mejor ha escrito sobre el amor y la solidaridad en la lírica española. En aquellos días un periodista preguntó al poeta cuál era el poema que destacaría de su producción. Su respuesta corresponde con nuestro poema de la semana: "En la plaza". Sin embargo, no creemos que el poeta opinara lo mismo de la plaza global en la que se ha convertido nuestro mundo de selfies e individualidades narcisistas.

                                               EN LA PLAZA

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!
 

 

 

 

 

domingo, 3 de diciembre de 2017

Eugenio Montale
La lectura de un libro delicioso de Helena Attlee, El país donde florece el limonero. La historia de Italia y sus cítricos, me ha llevado hasta el poema que nos acompañará esta semana. El poeta italiano Eugenio Montale (1896-1981) es uno de los autores más destacados de la lírica italiana del siglo pasado. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1975. Destacó también por su actividad como traductor,  periodista y crítico musical. Esa afición por la música se refleja en su poesía de versos austeros, donde aspira a encontrar la singularidad de la existencia en momentos puntuales y en objetos cotidianos, como estos limones cuya luz y color nos devuelven a la esencia de la vida.

                        LOS LIMONES

Óyeme, los poetas laureados

se mueven solamente entre las plantas

de nombres poco usados: boj, ligustros o acantos.

Yo, para mí, amo las calles que conducen

a las herbosas zanjas donde en charcos

casi secos acechan los muchachos

alguna enjuta anguila:

los senderos que siguen los ribazos

bajan entre el penacho de las cañas

y llevan a los huertos, entre los limoneros.

Mejor si la algazara de los pájaros

se apaga devorada por el cielo:

más nítido se escucha el susurrar

de las ramas amigas al aire casi inmóvil,

y las sensaciones de este olor

que no sabe separarse del suelo

y llueve en el pecho una dulzura inquieta.

Aquí, de las pasiones apartadas

por milagro calla la guerra,

aquí también a los pobres nos toca nuestra parte

de riqueza

y es el olor de los limones.

Mira, en estos silencios en que las cosas

se abandonan y parecen muy próximas

a traicionar su último secreto,

a veces esperamos

descubrir un error de la Naturaleza,

el punto muerto del mundo, el eslabón perdido,

el hilo que al desenredarlo finalmente nos ponga

en el centro de una verdad.

La mirada sondea a su alrededor,

la mente indaga, concuerda, desune

en el perfume que se propaga

cuando más languidece el día.

Son los silencios en los que se ve

en cada sombra humana que se aleja

alguna perturbada Divinidad.

Mas desfallece la ilusión y el tiempo nos devuelve

a las ciudades rumorosas donde el azul se muestra

solamente a retazos, en lo alto, entre molduras.

Después, la lluvia cansa el suelo; se espesa

el tedio del invierno sobre las casas,

la luz se torna avara, amarga el alma.

Hasta que un día, a través de un portón mal cerrado,

entre los árboles de un patio

se nos aparece el amarillo de los limones,

y se deshiela el corazón

y retumban en nuestro pecho

sus canciones

las trompas de oro del esplendor solar.



 
                     I LIMONI
Ascoltami, i poeti laureati
si muovono soltanto fra le piante
dai nomi poco usati: bossi ligustri o acanti.
lo, per me, amo le strade che riescono agli erbosi
fossi dove in pozzanghere
mezzo seccate agguantanoi ragazzi
qualche sparuta anguilla:
le viuzze che seguono i ciglioni,
discendono tra i ciuffi delle canne
e mettono negli orti, tra gli alberi dei limoni.

Meglio se le gazzarre degli uccelli
si spengono inghiottite dall'azzurro:
più chiaro si ascolta il susurro
dei rami amici nell'aria che quasi non si muove,
e i sensi di quest'odore
che non sa staccarsi da terra
e piove in petto una dolcezza inquieta.
Qui delle divertite passioni
per miracolo tace la guerra,
qui tocca anche a noi poveri la nostra parte di ricchezza
ed è l'odore dei limoni.

Vedi, in questi silenzi in cui le cose
s'abbandonano e sembrano vicine
a tradire il loro ultimo segreto,
talora ci si aspetta
di scoprire uno sbaglio di Natura,
il punto morto del mondo, l'anello che non tiene,
il filo da disbrogliare che finalmente ci metta
nel mezzo di una verità.
Lo sguardo fruga d'intorno,
la mente indaga accorda disunisce
nel profumo che dilaga
quando il giorno piú languisce.
Sono i silenzi in cui si vede
in ogni ombra umana che si allontana
qualche disturbata Divinità.

Ma l'illusione manca e ci riporta il tempo
nelle città rurnorose dove l'azzurro si mostra
soltanto a pezzi, in alto, tra le cimase.
La pioggia stanca la terra, di poi; s'affolta
il tedio dell'inverno sulle case,
la luce si fa avara - amara l'anima.
Quando un giorno da un malchiuso portone
tra gli alberi di una corte
ci si mostrano i gialli dei limoni;
e il gelo dei cuore si sfa,
e in petto ci scrosciano
le loro canzoni
le trombe d'oro della solarità.
 
 
 
 


domingo, 26 de noviembre de 2017

José Emilio Pacheco
El poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014) es una de las figuras más destacadas de la lírica latinoamericana. Entre sus muchos galardones figura el Premio Cervantes recibido en el año 2009. Escribió también novela y ensayo además de ser editor y traductor. En su obra mantiene un firme compromiso social con su país. Su poesía es depurada y sin artificios, como el poema de esta semana donde reflexiona sobre el paso del tiempo y el sentido de la existencia humana.

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada
luego en silencio y humo que se pierde
miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida
Y te preguntas si habrá dado calor
si conoció alguna de las formas del fuego
si llegó a arder e iluminar con su llama
De otra manera todo habrá sido en vano
Humo y ceniza no serán perdonados
pues no pudieron contra la oscuridad
tal leña que arde en una estancia desierta
o en una cueva que sólo habitan los muertos


             
 

 

 

 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Lope de Vega
Esta semana volvemos nuestra mirada a los clásicos por partida doble: por el autor y el tema del poema. Lope de Vega es uno de los autores más grandes de la lírica en lengua española. En este soneto nos cuenta con ironía y mucha gracia el mito de Europa raptada por Júpiter transformado en toro para la ocasión. Lope destaca la sensualidad del mito que procede de las Metamorfosis de Ovidio y que fue tratado por muchos autores y pintores en su época.

Soneto 87 (De Europa y Júpiter)

Pasando el mar el engañoso toro,
volviendo la cerviz, el pie besaba
de la llorosa ninfa, que miraba
perdido de las ropas el decoro.

Entre las aguas y las hebras de oro,
ondas el fresco viento levantaba,
a quien, con los suspiros ayudaba
del mal guardado virginal tesoro.

Cayéronsele a Europa de las faldas
las rosas al decirle el toro amores
y ella con el dolor de sus guirnaldas,

dicen que lleno el rostro de colores,
en perlas convirtió sus esmeraldas,
y dijo: «¡Ay triste yo!, ¡perdí las flores!»

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sara Herrera Peralta
Esta semana nos acompañará la joven poeta Sara Herrera Peralta. Nacida en Jerez de la Frontera (1980)  ha vivido en numerosas ciudades. Actualmente reside en Toulouse. Feminista, curiosa y creativa le entusiasma viajar, la fotografía y el flamenco. Ha publicado ya diez libros de poesía y ha colaborado en diversas revistas. El poema que traemos esta semana es fiel reflejo de la actitud de muchos jóvenes de nuestro tiempo que prefieren salir fuera a buscar una vida mejor de la que pueden tener aquí.

¿Por qué te vas tan lejos?,

me preguntó la abuela.

Tengo que trabajar, le dije.

Nosotros también nos fuimos,

igual nuestros hermanos:

ellos no volvieron.

Te vas tan joven y sola, decía,

serás extranjera.

Y señaló el mapa.

¿Por qué te vas tan lejos?,

repetía, con lo bien que estabas

aquí -coche, hipoteca, préstamo-.

Voy a buscar una vida grande, abuela.

Y la abuela me miró a los ojos,

acariciando mi cara con sus manos:

que el viaje no sea duro,

que el país sea una casa,

que los amigos te duren para siempre.

 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Joan Margarit
Hoy cumple noventa años una de las personas más honestas de este país: el filósofo Emilio Lledó. Para rendirle un modesto homenaje lleno de admiración traemos esta semana el bellísimo poema que inspiró al poeta catalán Joan Margarit una conversación de amigos. Cuenta el poeta que el filósofo, Luis Antonio de Villena, Carlos García Gual y él mismo se reunieron en una ocasión y aquella charla de amigos llevó a las confidencias y entre ellas Emilio Lledó explicó la profunda huella que dejó en su vida la temprana muerte de su esposa. Con esa génesis Margarit compone un poema cargado de emoción en el que entrecruzan sus caminos la ausencia de la esposa, los hijos y la lectura de la Ilíada.

                            FILÓSOFO EN LA NOCHE

Cuando la alta noche negra de Madrid
cierra los cristales de la calle O'Donnell,
dejo que mi frente repose en tu ausencia.
He abierto la Ilíada. Apolo Cabreado
es como la noche y, al marcar el paso,
golpean las flechas su carcaj de cuero.
Frío está tu sitio, que nadie ha ocupado.
Hablo al desvestirme, como si estuvieras:
me acostumbré a hacerlo los primeros días.
Sin tus frascos, sólo me torna el espejo
del baño el progreso lento de la edad.
Doblada la ropa, me pongo el pijama
con la bata gris ceñida a mi cuerpo
y las zapatillas en los pies de viejo.
Amo más que a nadie, junto a mí, tu ausencia,
más próxima siempre si vuelvo a la Ilíada,
cual si te acercara el eco lejano
de alguna verdad desde aquella playa.

Junto a mí y tu sombra creció nuestra hija
y nuestros dos hijos: ayer recibí
carta del mayor. Apenas recuerdan:
he sido su Homero de ésta, nuestra Ilíada.
Muy lejos del mar de ramblas con plátanos
en donde te hallé, no he podido nunca
sentir más Helena que tú en mi interior.
Cerca está el pasado, como frente al piso
el aire en los árboles negros del Retiro.
El aspecto de Héctor, con yelmo y coraza,
ha asustado a su hijo. La noche la cruza
el desesperado ruido de una moto.
Quizá, bajo el bronce de la soledad
asusté también a nuestros tres hijos.

Tu fotografía, ya de un tono sepia,
se encuentra en mi mesa, perdida entre libros:
joven lejanía de triste sonrisa.
Troyanos y aqueos -un mar encrespado
de cascos y escudos, de lanzas de leño
con puntas de bronce- sentados esperan
junto al mar de tarde que brama en la playa.
Ayante golpea el escudo de Héctor,
pero estoy ausente: pienso en nuestro mar,
virgen como en Troya, de la Costa Brava
los años sesenta. Abro el ventanal.
Hoy viven muy lejos la hija y los hijos,
mayores que tú: te fuiste tan joven.
Pienso, melancólico, que oscurecerá
ahora en Chicago. Berlín y las verdes
afueras de Londres yacen en la noche.
Y a ti no te esperan más albas que éstas
que surgen de noche entre las palabras.

Mientras las hogueras acechan las naves,
malos pensamientos como el mar negruzco
que arroja algas tristes, también van cercándome
como si los dioses de Homero existieran.
Tanto tiempo muerta mientras yo envejezco
solo con la Ilíada. Pero allí en la playa,
entre dos combates, donde con estrellas
el cielo es más negro, duermes, como Helena,
en tu oscuridad, aquí junto a mí.
Cual casco de bronce de un guerrero exhausto,
me pesan los párpados al ir recordando
Pedralbes y el cielo azul de la tarde
en la primavera de aquella ciudad.
Delgado, ideal -la línea de Euclides es
el lugar donde transcurre la Ilíada
que leemos juntos -en mi vida tú,
en tu muerte yo. Me sale el filósofo
al ver cómo Aquiles elige la gloria
en vez de la vida. Comienza la ética:
la noble y antigua lección del dolor
ya estaba en la Ilíada. Héctor y los suyos
combaten a muerte frente a las barcazas.
Siempre hay un Aquiles que espera en la sombra.
Pienso que la ausencia -como el agua fría
templaba las armas- me forjó más duro.
Cada cual escucha en su propia Ilíada
las armas que chocan con brillantes yelmos,
los hórridos gritos que lanzan los griegos
en las barcas que arden. Alcatoo en tierra:
su último latido vibra con la lanza
hincada en su pecho. Tú serás la lanza
que tiemble en el último deseo en mi cuerpo.
Van carros vacíos por la playa huyendo
y el leve rumor al pasar las hojas
es como si fuera tu débil presencia.
Y ya en los cristales se alza el horizonte
del parque, aclarándose, como si brillaran
tras los negros árboles las armas de Aquiles.

Te he buscado siempre. Tantas, tantas veces
he desembarcado por sólo una luz
en costas abruptas. Abro la ventana,
me llama en el parque un alba de pájaros.
La dura vejez pone en la mirada
unas largas playas igual que en la Ilíada.
Mercante oxidado, llegando a un gran puerto
hendiré aguas sucias en donde revuelan
miles de gaviotas, buscando una inmóvil
mujer solitaria que espera en la dársena.
Hoy, cuando la proa se hunde fatigada
y ya el navegante no ve bien de lejos,
se borra la costa. Mirando las olas,
recuerdo tus ojos con luz del ocaso
y, sonriente, pienso que, gris y romántica,
te llevo en el buque de hierro del alma.
 

domingo, 29 de octubre de 2017

Emily Dickinson
Esta semana queremos compartir con todos nuestros amigos un maravilloso poema de la escritora norteamericana. Los lectores habituales ya la conocen porque es una de nuestras autoras favoritas. En esta ocasión el poema nos sirve para reflexionar sobre el tema de la muerte. Emily Dickinson escribió dos versiones de este poema. La que nosotros traemos esta semana es la última, de 1861. Las poderosas imágenes del poema nos acercan al sueño eterno de aquellos que han muerto e incluso se permite la autora cierta ironía sobre el cristianismo, que en la versión anterior del poema era aún mayor:  "¡Cuánta sagacidad yace aquí muerta!"

Safe in their Alabaster Chambers—

Untouched by Morning

And untouched by Noon—

Lie the meek members of the Resurrection—

Rafter of Satin—and Roof of Stone!

 

Grand go the Years—in the Crescent—above them—

Worlds scoop their Arcs—

And Firmaments—row—

Diadems—drop—and Doges—surrender—

Soundless as dots—on a Disc of Snow—

 

 

A salvo en sus Cámaras de Alabastro,
Insensibles al amanecer y al mediodía,
Duermen los mansos miembros de la Resurrección,
Vigas de raso, y techos de piedra.


Solemnes pasan los años, crecientes,
Sobre ellos los mundos recogen sus arcos -y los firmamentos reman-
Se arrojan diademas y se rinden los sabuesos
Tácitos como puntos -sobre un Disco de nieve-.